Estamos aparcados sobre una calle arbolada y a la sombra, sobre el camino que trepa la montaña hacia Poggio.
Debajo nuestro quedó el faro que alerta a la navegación en el mediterráneo y que advierte con cada destello el peligro de la costa.
Este es un lugar muy familiar para nosotros, pero en este viaje, debemos irnos rápido de la zona.
Algo nos empuja a partir…
Algo hay distinto, y parece que no debemos estar.
Quizás porque ha entrado ya el verano…
Todo cambia…
Todo se intensifica…
Pero esta vez, veo la gente distinta, con agresión y preocupación.
Por la mañana, bien temprano mientras estamos desayunando con la ventana abierta de nuestra camper …
Llegaron ellos…
Un coche viejo, de esos que parecen haber sobrevivido más guerras que el propio siglo. Se detuvieron a unos metros de nosotros. Bajaron dos personas mayores, vestidos con chaquetas demasiado gruesas para el clima, con el gesto duro y se ven cómplices de aventuras pasadas.
—Aquí —dijo el hombre, señalando el suelo seco con el bastón—. Aquí podemos construir el búnker.
El amigo, asintió sin mirar a nadie, como si ya lo viera: el hormigón, las provisiones, las paredes gruesas que los separarían del mundo.
Nos miraron una vez, como si fuéramos árboles o piedras. Y sin decir más, volvieron al coche. El motor tosió, rugió, y bajaron por la fuerte pendiente hasta desaparecer.
Nos quedamos en silencio. No por miedo, sino por la sospecha de que, tal vez, no estaban tan locos.
Cuando se fueron, dejaron una atmósfera un poco inquietante, casi absurda.
En las noticias se habla de guerras…
Ellos no hablaban de bombas, ni de gobiernos ni siquiera de enemigos.
Quizás en su silencio, hablaban del miedo…
Del que se hereda, del que se esconde en los huesos, aunque haya pasado décadas.
Quizás no es el miedo a una próxima guerra…
Quizás, es el miedo que se despertó de la última.
Jorge Proazzi
La Trinchera Invisible
No se ve.
Pero está.
Una línea invisible que separa al que mira del que siente. Al que recuerda del que escapa.
Me di cuenta cuando los vi llegar en su auto viejo, arrastrando no solo el peso de los años, sino el eco de un tiempo en el que todo podía estallar en cualquier momento.
En los periódicos se habla ya de muchas guerras…
De hambrunas, muertos, exiliados, desplazados…
Pareciera que la humanidad está adormecida y no tiene conciencia de lo que significa…
Excepto que se les corte la luz o internet, entonces su mundo se cae abajo.
Pero a estas dos personas, se les notaba en el cuerpo que lo habían vivido, y una noticia de hoy, no solo activa todo su sistema de miedos, sino también de defensa.
Cuando uno dijo-. Aquí podemos construir el búnker.
El búnker ya estaba.
No necesitaban planos, ni concreto.
Lo habían ido levantando con miedo, silencio y resignación.
Cada noticia, cada sobresalto, cada sirena… había sido un ladrillo.
Cada vez que callaron cuando querían gritar.
Cada vez que fingieron no ver.
Cada vez que sobrevivieron.
Y ahora, en este camino elevado donde nos cruzamos se veía todo —el bosque, el horizonte, incluso el pasado—, buscaban enterrarse sin tierra.
Protegerse de un enemigo que ya no estaba afuera, sino adentro.
Del miedo que entró por las noticias…
Mientras millones de personas cambian el canal…
La noticia entra flotando…
Sólo si lo has vivido, se activa y se aloja en el centro de tu cerebro, la zona que te defiende y protege.
Que está a cargo de tu supervivencia.
Porque hay trincheras que no se cavan con palas,
sino con la memoria.