Vivimos un momento de espera en el viaje.
Cuvio, es familiar.
Hay amigos.
Hay rutina y los caminos son conocidos.
Y visitando la iglesia del pueblo, veo la parábola de la vida.
La vida como una casa con dos puertas.
Una por donde entras y otra por donde algún día saldrás.
La puerta de entrada la elegimos en otra estancia. Finalmente un día, simplemente se abre y nos encontramos aquí, respirando, llorando, viviendo.
Es la puerta del nacimiento. Se nos da sin condiciones, como un regalo envuelto en misterio.
La puerta de salida, decidimos olvidarla, aunque está claramente prevista cuándo se abrirá.
Decidimos olvidar para comprender la vida.
Puede estar al final de un largo corredor o justo a la vuelta de la esquina. Es la puerta del regreso, la que nos lleva de vuelta a la Fuente, al Hogar que no recordamos del todo, pero que el alma añora.
Entre esas dos puertas se abre la casa, es el camino de la vida. Hay quien corre por él, sin mirar los cuadros en las paredes, sin escuchar las voces que lo llaman a detenerse. Otros se sientan por años en el mismo rincón, temiendo avanzar. Pero hay quienes, con paso sereno, caminan con conciencia, sabiendo que cada paso es un regalo, y cada encuentro, una señal.
A veces la casa se oscurece. A veces se ensancha y parece eterno. A veces nos encontramos con otros caminantes y nos damos cuenta de que la vida no es una casa vacía, sino un lugar sagrado de encuentros, decisiones, aprendizajes y amor.
La vida nos enseña que no podemos controlar ni la puerta de entrada ni la de salida. Pero sí podemos elegir cómo caminamos entre ellas.
Y si aprendemos a caminar con el corazón abierto, con fe, gratitud y propósito, entonces cuando llegue la hora de la segunda puerta, no habrá temor. Solo gratitud por el viaje.
Un abrazo
@aromaenelcamino
@jorgeproazzi.arquitecto y @susanarollieri.